Chloé, Parte 1






Ella no era una niña buena, nunca lo había sido, pero llevaba aquella etiqueta colgada del cuello prácticamente desde que tenía uso de razón. Y sabía guardar las apariencias, y sabía comportarse en la mesa, como sabía cinco idiomas y traducir del latín al español con una facilidad pasmosa.

Un puñado de cosas inútiles que le permitían mantener el empleo más envidiado de la facultad, aquel en el que podía pasar horas leyendo, investigando, entre interminables montañas de libros.

Sin embargo, para ella no era sólo un empleo, una manera relativamente cómoda de ganarse la vida, porque en el reparto intelectual había salido bien proporcionada y aquello que a otros costaba meses de aprendizaje, de memorización, a ella sólo le costaba un par de minutos, poseía una auténtica memoria fotográfica. Para ella su trabajo en el archivo de la biblioteca de la universidad era su lugar de escape, su refugio, el único rincón del mundo en el que se sentía completamente a salvo.

Porque cuando abandonaba el viejo edificio del siglo diecinueve en cuyo sótano se hallaba el archivo, la vida real fuera de aquellas paredes se convertía en poco menos que una pesadilla. Allí ninguno de los profesores, de los auxiliares, sus compañeros de trabajo al fin y al cabo, personas que creían conocerla, podían hacerse una idea siquiera de quién, de cómo era ella en realidad...

Y a veces, muchas, discutía consigo misma, en una especie de pelea inútil que no conducía a ninguna parte. Un camino muerto, una pared con la que estrellarse una y otra vez. 

Y se pintaba los labios de rojo ansiosa de salir a la calle, y los limpiaba con la toalla desgastada del aseo tiñendo su bello rostro de surcos escarlata. Y recorría aquella casa vacía sintiendo deseos de darse cabezazos contra las paredes hasta perder el conocimiento. Quizá con ello lograse superar aquella compulsión que estaba consumiéndola, matar a ese otro yo que vivía en su interior, aquel al que solo conseguía mantener bajo control en el trabajo, pero que en cuanto que abandonaba las paredes del archivo de la universidad notaba burbujeando en su interior. Subiéndole por las venas, un calor ácido que encendía sus mejillas, que aumentaba varios grados su temperatura corporal hasta el punto de necesitar desabotonarse los dos primeros engarces de su blusa.

Y, si por casualidad, durante la espera o el trayecto en autobús percibía cómo aquel desasosiego que la llevaba a aflojar su ropa no pasaba desapercibido por algún viandante o pasajero, cerraba los ojos y cantaba en su interior una nana que aprendió de pequeña. Tratando por todos los medios de acallar aquella compulsión, de evitar que cobrase fuerza y entonces no pudiese controlarla. 

Sin embargo en ocasiones no era suficiente, una sola mirada, en el momento oportuno, la habían llevado a bajar en una parada que no era la suya siguiendo los pasos del afortunado que había osado posar los ojos en su voluminoso escote.

Y así, entre las sombras de la recién estrenada noche, había compartido su necesidad con el desconocido de turno. A aliviar su calor contra el cuerpo de aquel tipo que en ocasiones olía a alcohol, a sudor, otras a nicotina o al champú de fresa de sus hijos... Entre dos coches, en un portal, en los aseos de un bar o contra la verja metálica de un porche.

Cansada de repetirse que no lo haría, después del primer susto en el que uno de sus amantes habituales, un joven informático al que había conocido por internet, la llamase diciéndole que tenía que hacerse las pruebas del Sida porque una antigua novia estaba infectada, tras aquello se obligó a llevar siempre un paquete de preservativos en el bolso. Porque Chloé sabía que cuando el mecanismo de su compulsión se activaba no había pensamiento racional que lograse detenerlo. 

Como el alcohólico que ve la botella de whisky abierta, desnuda, ofreciéndose ante sus ojos, o el cocainómano que se enfrenta a la raya lista sobre el cristal... Sólo importaba el placer, el orgasmo, las endorfinas... sentir aquella fricción intima que la hacía subir en la montaña rusa, esos frágiles minutos que  justo cuando comenzaba a saborear se esfumaban. Dejándola de vuelta en la realidad, de un modo abrupto, subiéndose la falda entre los dos coches, apartándose de la carne de aquel desconocido, de aquel extraño que había disfrutado de su cuerpo.

A veces el tipo le pedía el teléfono y ella inventaba uno. Había aprendido a no decir que no. Eso podía ocasionarle conflictos. Una vez un tipo la insultó por no querer darle su número. Otro le ofreció dinero, mucho dinero por volver a verla...

Pero ninguno de esos hombres podía imaginarse lo sucia que se sentía, el asco que le producía verse reflejada en el vidrio del coche, en el espejo de cualquier escaparate en la calle... Cuando el placer se esfumaba llegaba la repulsión. Sentía un profundo asco de sí misma.

En casa se encerraba en el baño y se enjabonaba de pies a cabeza, dejando que su alma se deshiciese en lágrimas por el sumidero, lágrimas de sabor amargo como la más pura hiel.

Había probado de todo; libros, videos educativos, conferencias... e incluso asistió a la consulta de un sexólogo con el que acabó revolcándose sobre el diván de su consulta. Porque su extraordinaria belleza era a la vez su maldición, no había hombre capaz de decirle que no. 

Nada de aquello servía para nada. Nada lo remediaba.

Así que pasó a aliviar sus necesidades a solas en su habitación antes de salir de casa a comprar el pan, a bajar al supermercado, a ir a trabajar... Y eso funcionó, durante un tiempo. Hasta que de nuevo, una tarde, esperando el autobús se le acercó un chico rubio con una bufanda roja, color por el que sentía especial atracción, y eso bastó para desencadenar aquella reacción a la que tanto temía... Para llevarla a hacer un guiño al joven y que la siguiese hasta un aparcamiento subterráneo cercano en el que hicieron el amor en el baño de caballeros.

Chloé sabía exactamente cuando había comenzado aquello, aquella pulsión irrefrenable que la había convertido en una auténtica esclava, en una auténtica adicta al sexo. 

Fue el segundo año de facultad, cuando conoció a Mario, un portugués con el que mantuvo una relación sentimental que duró año y medio. Mario la hizo conocer un nivel de compenetración, de placer, completamente desconocido para ella (después sabría que Mario padecía su mismo problema). Podían pasar días encerrados en el dormitorio, entregándose el uno al otro de un modo enfermizo, el día y la noche se amontonaban en un ir y venir de movimientos, de caricias, de engranajes y jadeos. 

Ambos eran como las dos mitades de una naranja imperfecta. Sólo que Mario no lo sentía como un problema, creía que su relación era perfecta, dos personas con las mismas necesidades que se unían, complementándose el uno al otro. Pero Chloé era consciente de que acabarían destruyéndose si sus vidas giraban única y exclusivamente en torno al sexo. Y trató de huir, de alejarse de aquel modo de amar... pero ya había sido infectada por el deseo desenfrenado, por la búsqueda enfermiza del efímero placer. Era una auténtica yonki de las endorfinas liberadas durante el orgasmo, aquella era su droga y hasta el momento no conocía cura posible.

Miró el gran reloj redondo del archivo. Situado en la cúspide de una alta estantería en la que se almacenaban los ejemplares más utilizados por los profesores de la universidad, así como manuales cuyo uso había sido puesto al alcance de los estudiantes o del público en general recientemente. La tarde había sido tranquila, algo habitual, y faltaban a penas dos horas para las ocho y con ello la hora de vuelta a casa. Apretó un grueso manuscrito contra el pecho y continuó apilando volúmenes del siglo dieciocho sobre cuyo contenido bélico estaba realizando un estudio.

Inspiró profundamente repitiéndose que aquella noche sería distinta, que aquella noche llegaría a casa y se metería en la cama y dormiría plácidamente, que aquella noche no habría desconocidos, ni portales, ni encuentros furtivos al tirar la basura.

Entonces oyó cómo la puerta de acceso al archivo se abría y acudió con el pesado libro entre sus manos a comprobar de quién se trataba. No solía recibir visitas, la mayoría de los profesores trabajaba por la mañana y los estudiantes tenían acceso restringido a éste.

Había un joven alto, de cabello rubio rojizo y grandes ojos verdes caminando hacia el escritorio de la entrada, observando con ojos curiosos todo el derredor. Chloé acudió a su encuentro, probablemente se trataría de un alumno perdido.

  • Hola, buenas tardes, ¿buscas alguna clase? - preguntó educada.
  • En realidad busco un libro... - afirmó el muchacho mirándola con una amplia sonrisa.
  • ¿Tienes permiso? Debes traer una solicitud sellada por tu profesor... - advertía la joven rubia con el ritmo de una cantinela repetida mil veces.
  • No soy un alumno, soy Mauricio Torres, el nuevo profesor de filosofía de la universidad – afirmó aquel joven que no aparentaba más de veinticuatro o veinticinco años, divertido por la confusión, ofreciéndole su mano. Chloé la tomó, asiendo el libro con una mano contra el pecho, estrechándola.
  • Chloé Urbizu, soy licenciada en documentación y encargada de esta locura de archivo – advirtió, devolviéndole la sonrisa -. ¿Qué libro buscas?
  • Una copia traducida de Temor y Temblor, es...
  • Un escrito filosófico publicado en 1843 por Søren Kierkegaard,  bajo el seudónimo de Johannes de Silentio. Está en el pasillo veintitrés, estantería doce, a media altura más o menos... - dijo con total naturalidad, produciendo, sin pretenderlo siquiera, una expresión de terrible estupefacción en el rostro del joven profesor de filosofía.
  • Vaya, eso sí que ha sido impresionante – afirmó estupefacto -. ¿Sabes dónde están todos, cada uno de ellos?
  • Todos no... casi todos – admitió sin poder evitar ruborizarse como una colegiala, sintiéndose absurda, estúpida por hacerlo -. Bueno, si necesitas algo me verás ahí, en las mesas del pasillo central - advirtió, esfumándose con su libro a cuestas, huyendo de la vista del pelirrojo de ojos verdes.
  • Creo que va a gustarme esta universidad – le oyó decir a su espalda mientras desaparecía tras una larga hilera de estanterías con el corazón latiendo acelerado...






    Y bueno, espero que os haya gustado esta primera parte :)

    Aquí está la segunda: Chloé, parte 2


Comentarios

  1. Que mala eres, siempre nos dejas con la miel en los labios.. ainss.... me ha gustado, para cuando la próxima??

    besotes.

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias por tu huella
    Feliz dia del Libro también para ti
    desde Chile un abrazo grande


    hermoso blog tienes, y gran Relato nos compartes, que de micro nada , es ágil y con muy buenos pasajes
    Felicitaciones

    ResponderEliminar
  3. Me devoré el texto, me encantó Chloé, creo que a los hombres, todos, nos encantaría cruzarnos con alguien como ella de vuelta del trabajo.

    Espero la segunda parte.

    Bs.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Ten cuidado con lo que deseas amigo Sarco, a veces se cumple... jejeje. pronto podrás leer la segunda parte, un saludo y cuídate esa cabeza... :)

      Eliminar
  4. Hola guapetona,me ha encantado, es maravilloso. Estoy deseando que siga el relato, estoy intrigada. Un besito guapa

    ResponderEliminar
  5. Admito que he quedado gratamente sorprendido por este primer capítulo,,,, me ha encantado el inicio de esta historia y espero con entusiasmo su continuación...

    Besos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Batoosahi, me alegra que te haya gustado, pronto colgaré la segunda parte :)

      Eliminar
  6. Me ha gustado mucho!!! esperando la segunda...
    Marta

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares