Mordisco nº 2, La mordida del guerrero




Mordisco 2,
La Mordida del Guerrero


          Era una noche luminosa, la luna llena brillaba regia en su sosegado ascenso por el cielo de la caribeña ciudad de Barahona, y Mariela se dispuso, como cada anochecer, a tomar el camino de vuelta a casa, con el sentimiento del deber cumplido. Agotada, extenuada, con un tremendo dolor de pies bajo los tacones baratos, un día más.
                Un largo día tras el mostrador de la recepción del majestuoso Hotel Apsus, el mejor de la región, el más lujoso, con su particular diseño en honor al mítico Taj Mahal, en el que se hospedaban los clientes más pudientes de toda Europa y Norteamérica principalmente. Los más pudientes y exigentes.
                Mariela lo sabía bien, como había aprendido a distinguir entre los viejos y nuevos ricos. Entre los ricos de cuna; menos desprendidos, dejaban peores propinas, y los nuevos ricos, a los que les gustaba alardear de su recién conseguido, amasado, malgastado dinero, y que solicitaban las mayores excentricidades a las que ella, desde su humilde puesto de recepcionista debía dar respuesta.
                Antes de abandonar el hotel se había mirado al espejo, sus ojos grises refulgían luminosos, sus mejillas estaban henchidas, sonrosadas, aquella noche tenía una nueva cita con Joao, un portugués que impartía clases de tenis en el hotel y que la traía, literalmente loca. Desde que éste llegase al Apsus, varios meses atrás, habían compartido conversaciones, almuerzos y un par de noches de sexo sin compromiso.
                  Y es que Joao no estaba preparado para una relación seria, aseguraba. Acababa de romper con su novia de toda la vida lo que le había llevado a abandonar Portugal, decía. Lo que Mariela desconocía era que en realidad Joao iba de flor en flor, regando el ancho jardín global, cuanto más, mejor.
                 Y así caminaba, contoneando sus voluptuosas curvas a cada paso, atravesando la amplia avenida central de la ciudad, que iluminada por dorados farolillos conservaba el encanto de la colorida magia diurna. Pisando fuerte con los tacones rojos a juego con el carmín de sus bellos labios de mulata dominicana, en dirección a su ansiada cita, a la que como de costumbre llegaría antes de tiempo. Pero esta vez la acompañaba una extraña sensación, una especie de presentimiento, de alerta, como si alguien siguiese sus pasos, desde que volviese la esquina de la bocacalle a la avenida principal.
                Se había girado un par de veces, comprobando que se equivocaba.
                Así que Mariela, quien miraba el mundo a través de sus hermosos ojos almendrados, dio un veloz contoneo de caderas para espantar los malos pensamientos, apretó el paso y lo olvidó por completo.
                Se habían citado en un pequeño hotelito, como de costumbre pues Joao no quería que sus compañeros de piso fuesen conocedores de su relación, tampoco ella había hablado del portugués a su anciana madre, aunque deseaba hacerlo, deseaba poder decirle que tenía novio, que a sus treinta años no se quedaría para vestir santos como tanto insistían sus hermanas. Un hotel, casi un hostal, muy de moda por aquel entonces,  del tipo en los que se extrema la intimidad y cuyas habitaciones se pagan por horas.
                Optimista pagó tres horas al recepcionista, porque era una mujer moderna que también costeaba sus noches de pasión. El joven, un mulato de piel muy clara y ojos de noche sin luna le entregó una destartalada llave sin mediar palabra y sonrió cortés, mientras pensaba en su interior que si tuviese oportunidad de pasar la noche con una chica tan hermosa como aquella jamás le permitiría pagar la habitación.
                Mariela abrió la puerta de la estancia ciento treinta y dos, había subido la escalinata de forja con prisas, quería prepararse para cuando su amante llegase, quería ducharse, arreglar su cabello caracoleado y ponerse un tan bonito como escueto picardías de raso blanco, comprado para la ocasión, que resaltaría su piel café.
                Dejó su bolso sobre la cama, miró el reloj, aún disponía de casi una hora antes de la llegada de Joao, tiempo suficiente, se dijo y descalzándose se dispuso a desnudarse para meterse en la ducha, cuando llamaron a la puerta. Dos veces, suavemente.
                Su corazón se aceleró, ¿Joao se adelantaba? Aquello sí que era una novedad, o quizá se trataba del recepcionista a quien corresponder la sonrisa había llevado a error.
                Abrió la puerta, sin hallar nadie en el exterior, sólo la barandilla de metálicos barrotes arruinados por el óxido. Miró arriba y abajo el pasillo descubierto, la escalera hasta donde alcanzaba la vista, el rellano de aparcamientos  frente a la recepción, nadie.
                El teléfono comenzó a sonar dentro, descolgó veloz el auricular color crema del aparato y lo llevó hasta su menuda oreja.
                -Tiene una llamada – reconoció la juvenil voz del recepcionista,  imaginándole repatingado en su sillón de cuero, sin abandonar el cómic que sujetaba con la mano izquierda a su llegada
                - Está bien, gracias – dijo y sintió cómo la conectaban con dicha llamada.
                - ¿Mari? – era Joao, su voz sonaba divertida, feliz, y aunque la sorprendía que telefonease al hotel se alegró de oírle, como siempre -. Soy yo, muñeca, se me acaba de complicar el trabajo, hay una señora mayor que quiere una clase extra, así que no podemos vernos esta noche – se lamentaba, pero su voz dulce con ese cálido acento portugués no sonaba triste, Mariela oía alguien más tras el timbre de Joao, una voz suave, femenina, no parecía la de una señora mayor y unas risas, quedas, por un momento dudó en contestarle que se fuese a la mierda, que no la engañaba. Pero Joao no tenía por qué engañarla, se dijo, si decía que tenía clases de tenis, era cierto, entonces, ¿por qué sentía semejante nudo en la garganta?, ¿por qué de aquellas ganas de romper a llorar? -. ¿Mari?
                - ¿Sí? – fue capaz de decir cuando las risas eran más evidentes al otro lado del aparato. 
                - Nos vemos mañana, preciosa, te compensaré por esta noche – sugirió pícaro y ella fue incapaz de sonreír, pero por suerte Joao no podía verla, y oyó cómo colgaba, mientras la joven mulata aún sostenía el auricular en la oreja, esperando quizá que su amante cambiase de opinión en el último momento. Pero no fue así.
          Tragando las lágrimas que despacio fluían de sus ojos, sin hacer ruido, porque la joven a lo largo de su corta pero dura existencia, similar a la de cualquier hija de agricultor de caña de azúcar a la que tan sólo su propio esfuerzo había ayudado a llegar dónde estaba, había aprendido que no servía para nada, se dispuso a cerrar la puerta que, con las prisas, había dejado abierta.
                Estaba a punto de cerrarla cuando sintió cómo una sombra cruzaba veloz ante ésta, rápidamente asomó la cabeza en el pasillo.
                Nadie. 
                Así que empujó suavemente la puerta de débil madera contrachapada, pero ésta tropezó con algo que le impidió cerrarse. Volvió a abrirla para comprobar de qué se trataba y entonces le vio.
                Un hombre alto, joven, tremendamente fornido, con el torso de una marcada musculatura del color del bronce al descubierto. Diversos dibujos marcaban su piel tatuada con negra tinta, sobre sus pectorales, su ombligo desnudo, podía contemplarlos, absorta, pues tan sólo vestía unos amplios pantalones árabes blancos a la rodilla. Su cabeza estaba afeitada, un arete plateado resplandecía en la oreja y la miraba, fijamente, con unos impresionantes ojos del color del oro líquido.
                En cualquier situación similar se hubiese asustado, de hecho la sobrecogió encontrarle allí, y su primera intención debía haber sido cerrar aquella puerta, o incluso gritar, pero en aquel momento, aquellos ojos, le transmitieron paz, una paz infinita y un profundo bienestar.
                - Invítame a pasar – ordenó el hombre de ojos de fuego.
                -¿Le gustaría pasar? – preguntó sumisa y la puerta se cerró tras su robusta espalda desnuda.
                -Gracias. Me llamo Shapur y voy a alimentarme de ti – reveló mientras ella permanecía absorta, contemplándole fijamente-. No te dolerá, ni siquiera lo recordarás mañana – dijo estirando los labios en una amplia sonrisa en la que fulguraron sus dientes de nácar en contraste con la tez morena. Era realmente hermoso, sus ojos, sus labios, voluptuosos, parecían tallados por el más habilidoso escultor, y su piel resplandecía como el metal recién pulido bajo la humilde luz de la habitación.
                Entonces, en mitad de aquella sonrisa surgieron los colmillos de un vampiro, pero Mariela inexplicablemente no sintió miedo, sólo paz, la que le transmitían sus ojos. 
                Shapur se acercó a la muchacha con suaves pasos, ayudándola a sentarse sobre la cama, dócilmente.
                En un veloz movimiento le tenía detrás, a su espalda, sin que el colchón hubiese percibido su peso siquiera. Sintió cómo sus fuertes manos acariciaban su cuello, apartando la larga melena ondulada, su piel se erizó al contacto con los fríos labios sobre su carne, mientras posaba el masculino rostro sobre su tibio hombro izquierdo.
                Y después, un leve hormigueo.
                La mordida.
                Sintió cómo bebía de ella, cómo su sangre fluía cálida, veloz, palpitando entre los labios del vampiro que la sujetaba por los hombros con suavidad, casi con dulzura, a su espalda, procurando el menor contacto posible, como si pretendiese no ofenderla con un roce más cercano. Pero a medida que el majestuoso ser bebía de ella una placentera sensación comenzó a recorrer todo su cuerpo, los latidos de su corazón se aceleraron paulatinamente, su respiración se agitó, y un secreto placer comenzó a surgir desde lo más recóndito de su ser. Mientras, Shapur, permanecía con los ojos cerrados, concentrado en su quehacer.
                Mariela le acarició, acarició su cabeza desnuda con ambas manos, dulcemente, a la vez que acunaba su rostro ente el cuello y el hombro, con suavidad, y besó su mejilla justo en la comisura de sus labios, el vampiro abrió los ojos, sin soltar su mordida, dibujando una sonrisa sobre su piel.
                Soltó su carne y lamió su cuello desnudo, haciéndola temblar de deseo con el sólo roce de su lengua ligeramente rasposa recorriéndolo arriba y abajo mientras su pecho se estremecía de excitación perlando de sudor el profundo canal entre sus senos color café.
                De pronto le tenía de pie a unos metros ante ella, y Mariela se sintió tremendamente afortunada porque Joao no hubiese aparecido aquella noche, porque aquel desconocido, aquel ser sobrenatural surgido de entre las sombras, le hiciese el amor.
                Shapur dio un paso hacia ella, que le aguardaba sentada en la cama, anhelante, se acuclilló con ademanes gatunos, y volvió a iluminarla con su sonrisa, extendiendo su musculado brazo derecho hasta alcanzar el cuello con su mano acariciándolo, suavemente, justo donde la había mordido. Mariela cerró los ojos, aguardando un beso que no llegó, abriéndolos despacio de nuevo.
                - Quisiera darte lo que deseas – advirtió, deleitándola con su profunda voz de ultratumba -. Pero estoy comprometido con una humana, como tú, y mi cuerpo, mi sangre y mi ser sólo le pertenecen a ella – dijo sin que la sonrisa dibujada en sus labios se mudara un ápice y Mariela sintió una profunda envidia de aquella humana a la que pertenecía el corazón de aquel majestuoso vampiro -. Ahora, tengo que marcharme, aún debo comprar un regalo, para ella – reveló cómplice -. Cuando despiertes, por la mañana, no recordarás que he estado aquí, pensarás que las marcas de tu cuello pertenecen a las picaduras de cualquier insecto -  decía atravesándola nuevamente con su poderosa mirada aurea, y Mariela supo que estaba adentrándose en su mente.
                - Yo no quiero olvidar – le interrumpió, devolviéndole la sonrisa.
                - Pero lo harás, no me recordarás, es como debe ser – insistió y pareció irrefutable, la joven mulata asintió convencida, ya estaba olvidándolo inconscientemente -. Y tampoco te sentirás mal por el tipo que te dejó hoy plantada – así que la había oído, toda su conversación -, porque ya no te importará él, ni sus idas, ni sus venidas, serás feliz y encontrarás a alguien que te ame de verdad – la muchacha asintió, completamente en trance -. Buenas noches, y gracias – dijo y besó su frente. Fue como si una mariposa ártica se posase sobre ella, y desapareció.
          Cuando Mariela despertó por la mañana con la caricia de los rayos solares que se colaban por entre las rendijas de la raída persiana sobre la piel descubrió que había pasado toda la noche a solas en la habitación de aquel hotel, pero no se sentía triste, ni desgraciada, quizá si decepcionada, por la actitud de Joao. Y decidió que era la última vez que la dejaba plantada, que no merecía ni una sola oportunidad más. Tomaría el control de su vida, y se esforzaría en ser feliz, pensaba mientras el agua de la ducha recorría su piel canela, descubriendo entonces como algún mosquito debía haberse cebado a su costa, pues le había picado más de una vez, se miró al espejo, tenía dos marcas, simétricas, en el cuello. Bueno, unas gotitas de amoniaco y listo, pensó. 
          Así que abandonó la habitación feliz, dispuesta a no regresar jamás, a retomar el control sobre su propia vida.

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